Las primeras plantas de café vinieron de África. Las tribus nativas molían las bayas, mezclando la pasta con grasa animal y las enrollaban en pequeñas bolas. La mezcla se utilizaba para llenar de energía a los guerreros en batalla.
En aquellos tiempos, se pensaba que las propiedades estimulantes del café eran un tipo de éxtasis religioso. La bebida se ganó una reputación mística, mantenida en secreto y asociada a sacerdotes y doctores. Dos leyendas prominentes emergieron para explicar el descubrimiento de este mágico grano.
De acuerdo con una de las historias, un pastor de cabras notó que su rebaño se inquietaba después de que consumía las bayas rojas de un arbusto silvestre de café. Curioso, probó la fruta él mismo. Un grupo de monjes lo vio bailando con sus cabras. Poco tiempo después los monjes empezaron a hervir los granos y utilizaron el líquido para permanecer despiertos durante las ceremonias que duraban toda la noche.
La otra historia relata que un musulmán fue condenado por sus enemigos a vagar por el desierto. En su delirio, el hombre escuchó una voz que le ordenaba comer la fruta de un árbol de café cercano. Trató de suavizar los granos en agua y como no lo logró, simplemente bebió el líquido. Interpretando su supervivencia y energía como un signo de Alá, regresó con su gente, divulgando la fe y la receta.